En 2011, setenta años después de la llegada del ferrocarril a Santiago de Compostela, la trinchera ferroviaria situada a las afueras de la ciudad seguía constituyendo una barrera casi infranqueable entre el centro histórico y los barrios que habían surgido al sur de la vía, con Pontepedriña a la cabeza. Al mismo tiempo, este límite tuvo como efecto secundario la preservación del área natural de Las Brañas del Sar —un enclave de incalculable valor ecológico— que permaneció intacto durante todo ese tiempo.
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