Habitar la pirca es entrar en diálogo con la memoria del paisaje. La piedra, ancestral y austera, configura un basamento que arraiga la obra a la topografía. Sobre ella, la arquitectura se eleva en planos de hormigón, una tensión sobria y equilibrada. El habitar se convierte en un gesto de continuidad: La pirca ya no solo contiene, sino que interpreta al paisaje, funda un horizonte donde lo natural y lo construido coexisten.
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