En la confluencia indómita del río Paraná y el río Uruguay, donde las aguas desembocan en el vasto Río de la Plata, se asienta un encargo singular. El paisaje, una sinfonía de humedales y un verde selvático disperso, evoca lo desconocido: una naturaleza primigenia a la que solo se accede por vía fluvial y que vive bajo la constante amenaza de las crecidas. Aquí, la arquitectura no busca desaparecer, sino afirmarse; no pasar inadvertida, sino dialogar con la orgánica potencia del lugar.
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