Enclavado en la hondonada del valle, el pueblo parece contenido por las montañas que lo abrazan, como al resguardo del bullicio del mundo. El aire se siente más denso, cargado de una frescura constante que el sol parece preservar con gusto, oculto tras las cumbres. Aquí, el paisaje es algo que debe observarse, que debe escucharse. Cuando el invierno lo sofoca bajo la nieve en un silencio reconfortante, el verano hace vibrar sus laderas con un zumbido cauteloso y continuo. Todo parece cercano, pero a la vez lejano, hasta que, una mañana, el sonido de la madera cantando a pleno volumen se deja oír en la distancia, avivado por la primera brisa que se levanta.
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