El cliente, un escritor ecuatoriano, llegó al taller con una encomienda: diseñar y construir su casa en el cráter del volcán Pululahua. Nos dejó una acuarela que interpretaba un escenario del teatro italiano, nos pidió que leyéramos un par de sus novelas y nos dejó por tarea ver una película húngara llamada El Caballo de Turín; tendríamos que vernos seis meses después.
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