En los primeros años de la historia moderna, los monjes taoístas cultivaban Bonsáis buscando traer la belleza de los árboles del exterior al interior, considerándolos un nexo entre lo humano y lo divino. En el Siglo XVIII, en las afueras de algunas ciudades de Europa, surgieron distintos paseos arbolados o alamedas, generando espacios de descanso y socialización antes inexistentes en las ciudades de la época.
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