A Juan Navarro Baldeweg le gustaba imaginar su obra dentro de una habitación onírica, donde las siluetas de sus edificios se perciben recortadas sobre un horizonte de fugas visuales y, en cuyo centro de confluencia, se encuentra el espectador. Ambicionando, además, que sus exposiciones, si no antológicas, sean al menos acumulativas; invitándole a vagar y trazar entre sus piezas trayectos afines que las engarzan cual eslabones de un mismo medio expresivo o distintos ademanes formales.
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