Caminar por las aulas de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires es como entrar en una máquina del tiempo: pupitres de noble madera, las rosetas, el arco apuntado de ojiva. Verdes pizarras escritas en tiza. En ellas, teoremas y ecuaciones esperan ser resueltas. Aquí se asientan las bases del conocimiento de las jóvenes mentes que luego calcularán puentes y represas, optimizarán plantas y procesos.
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